DE LA SOLIDARIDAD AL VOLUNTARIADO

Desde Fundeo ofrecemos un voluntariado internacional que facilita cada año a un grupo de personas la posibilidad de formarse y acercarse a países del Sur, para compartir durante un mes la vida y la tarea con una comunidad teresiana. De esta forma se acercan a realidades culturales nuevas que les ayudan a plantearse su modo de vivir y a situarse de un modo más comprometido en su regreso a la realidad cotidiana.

“El voluntariado es un modo de ser y estar en la Vida, y un modo de entender la realidad”.

En este folleto encontrarás toda la información para formar parte del VOLUNTARIADO INTERNACIONAL de FundEO del 2023.

INSCRIPCIONES hasta el 31 de enero de 2023.

Fátima do Rosario Santos

Enfermera de Tojal (Portugal)

Voluntaria en Nicaragua – Septiembre de 2022

«Estuve en Managua, capital de Nicaragua, con las Hermanas Teresianas, en el Dispensario Enrique de Ossó, de septiembre a octubre de 2022, un mes.

Un mes de muchos aprendizajes, crecimiento y experiencias únicas.

Porque nunca antes había estado de este lado, de los que viven privados de la libertad de expresión, nunca antes había estado de este lado, de los que quieren emigrar, sueñan y proyectan su vida en esta dirección, del lado de aquellos cuyos familiares murieron queriendo entrar a los Estados Unidos, cuyos familiares buscan asilo político solo porque son periodistas. Nunca antes había estado dentro de una dictadura.

Lo poco que hice, lo poco que di de mí, es demasiado pequeño en comparación con lo mucho que recibí… y al principio me costó aceptar eso… me dolía el orgullo, como voluntaria y como enfermera, por hacer tan poco. En este contexto, donde falta un poco de todo, pero existe casi todo, (a precios elevados para el nivel económico de la población), donde los recursos humanos son escasos, pero no es una escasez flagrante, donde lo que hay es realmente una escasez de libertad y gestión nacional, fue en el “Encuentro” que descubrí la esencia del voluntariado. Esa esencia está en el trabajo, pero también está en los descansos, en los que se comparten sueños, anhelos y formas de vida entre compañeros, está en las emociones expresadas hasta el llanto, por las que tan fácilmente sentí empatía.

Fue un momento de tomar conciencia de la diversidad del mundo y también de mucha introspección. Y concluyo que, independientemente de dónde estemos, en qué parte del mundo estemos, es en estar conectados con nosotros mismos, con los demás y con Dios, que encontremos la alegría de cada día, y ahí es donde podemos marcar la diferencia.

Al final, es la humanidad que cada ser posee y comparte la que me hace crecer y evolucionar como persona cada día que pasa. Y grande es el legado que traigo conmigo: la conciencia de la importancia que tiene cada ciudadano para el bien común, la importancia de la democracia. Y, como no podía dejar de recalcar, la conciencia de la gran labor que realizan las hermanas en su vida diaria, y con una alegría contagiosa, la diferencia que hacen en el mundo, la forma en que luchan por mejorar tanto la vida cotidiana de las personas con las que se cruzan, como el futuro de la sociedad, a través de la educación, en las escuelas que tienen en Nicaragua.

Muchas gracias a FundEO, a las Hermanas Teresianas, a los trabajadores del dispensario Enrique de Ossó y a todas las personas con las que me crucé. ¡Me estoy volviendo mucho más rica, mucho más grande, mucho más humana! «

María Fátima Santos.«

Natalia María Germano Lopes

Enfermera de Barqueiro-Vieira de Leiria (Portugal)

Voluntaria en Angola – Verano de 2022

«Soy Natalia, tengo 62 años y soy enfermera hace 36 años y especialista en salud materna y obstétrica hace 25. Trabajo en un hospital de una pequeña ciudad en Portugal.

Siempre tuve el deseo de participar en un proyecto de voluntariado internacional y, como todo en la vida, hay un momento para que las cosas acontezcan, y este era el momento exacto, en el que sentí la necesidad de nuevas experiencias, de ser confrontada con nuevas realidades, de crecer más como ciudadana del mundo, y cuando surgió la oportunidad, a través de la fundación Enrique de Ossó, la agarré con toda mi determinación, y cuando fui enviada a Angola, como país de destino, la determinación y voluntad aumentaron. La vida estaba dándome la oportunidad de regresar a mi tierra natal, que abandoné, a los 15 años, cuando se dio la descolonización.

Allá me fui, por un mes, para un país lejano, culturalmente diferente, con inestabilidad social y económica, sin nadie conocido, con gran ansiedad y la certeza de que recibiría más que lo que diese.

Llegué a mi destino, pequeña localidad en el interior del país, Cubal, y al hospital donde iría a realizar mi misión, “Hospital Nossa Senhora da Paz”, más concretamente consulta prenatal y sección de partos, confieso que quedé impresionada y consciente de que estaba en otro mundo, en otra realidad.

La salud es uno de los derechos fundamentales al que todos deberían tener acceso sin dudas y sin demoras, pero, en el contexto angoleño la realidad es otra debido a las enormes y lamentables carencias de recursos humanos y materiales.

Di mi tiempo, mi saber, puse al servicio de los demás mis competencias y mi compromiso de que, durante aquel mes estaría presente y disponible para hacer lo que pudiese y supiese. No todos los días fueron buenos, en algunos lloré, hubo días en que me pregunté que estaba haciendo yo allí; fui confrontada con el sufrimiento, la muerte, pero cuando rompí mis  propias barreras, cuando di el máximo de mi misma y de mi tiempo a aquellas mujeres con tantos  hijos y con tan poca comida para darles, la misión quedó  cumplida  y eso era lo que importaba al fin del día.

Fue una aventura, pero fue una de las aventuras más gratificantes de mi vida, fue la que me hizo salir de mi zona de confort e ir para el otro lado del Atlántico, dar algo de mi misma y de mi tiempo recibiendo apenas en cambio un gracias vergonzoso y una sonrisa estampada en los rostros y eso no tiene precio; me hacía sentir que puedo cambiar la vida de alguien y que, de alguna forma, puedo contribuir para que alguno sea más feliz.

Tuve el privilegio de convivir con personas espectaculares, excelentes profesionales y colegas, creé lazos de amistad.

A las Hermanas Teresianas de la misión, que me acogieron, me dieron abrigo, seguridad y confort, Hermanas Rosalina Praia, Mafalda, Arminda, Modesta, Isabel, abuela Gene, un “muchas gracias”. Sin ellas no lo habría conseguido. Están para siempre en mi corazón.»

Joaquín Venegas Reyes. 

Farmacéutico de Sevilla.

Voluntario en Angola – Verano de 2022

Mi experiencia en Angola ha siendo muy enriquecedora. Me sitúo en el Hospital Nossa Senhora da Paz en Cubal, en la provincia de Benguela, dirigido por las Hermanas Teresianas.

En tan solo un mes he podido descubrir cómo es su cultura, su forma de vivir con muy poco, siempre con una sonrisa enseñándome el valor de lo vital, lo realmente importante.

Apenas hay recursos de energía, luz y agua. La comunidad subsiste con los generadores que las hermanas tienen en el hospital.

Los voluntarios estamos viviendo en un “quintal” en la misma zona del hospital a escasos minutos de este. Estamos médicos, analistas, enfermeros y servidor como único farmacéutico. La vida es campesina, sencilla y tranquila. Durante las mañanas hacemos nuestras labores profesionales, pero estamos todos muy unidos. El día empieza en la farmacia y quien sabe si acaba en enfermería, en la sección de desnutrición o en el laboratorio clínico. Siempre se necesita una mano.

Los fines de semana aprovechamos para ir a conocer las ciudades cercanas y en sí, la idiosincrasia Angolana. Las hermanas directoras del Hospital velan por nosotros, el ambiente es realmente bueno a pesar de las pequeñas desgracias que se ven a diario. Sin duda es una de las mejores experiencias de mi vida. De la que estaré siempre agradecido a la Fundacion Enrique Ossó por darme esta fantástica oportunidad. Sin duda una de las que te cambian la vida.

Lourdes Fernández Elvira

Profesora Colegio Teresiano de San Sebastián.

Voluntaria en Bogotá (Colombia) – Verano de 2022

Aún recuerdo los nervios y la emoción que se apoderaron de mí al recibir la noticia. Estaba en el primer curso de voluntariado, en Madrid, cuando me comunicaron que iría a Bogotá, en Colombia. Un país al que durante años había soñado ir, pero que en esta ocasión me planteaba retos ante los que no sabía cómo reaccionaría. Se cumplía, además, el deseo de participar en un voluntariado, que tantas veces me había propuesto, y que por fin se concretaba en un destino y un proyecto determinados. Hoy, cuando todavía no se ha cumplido un mes del regreso, sigo dando gracias por la experiencia vívida. Unos días que difícilmente olvidaré.

Nada más llegar a Bogotá, las hermanas nos hicieron sentir como en casa, recibiéndonos con los brazos abiertos. En primer lugar, nos enseñaron los proyectos que llevaban a cabo, para que pudiéramos elegir aquel que fuera más afín a nuestras capacidades e intereses. Finalmente optamos por el jardín de infancia del Centro Comunitario Jesús Maestro de Santa Viviana, en el distrito de Ciudad Bolívar, y en la Sede de Oasis del municipio de Soacha. También echamos una mano en la tienda de comercio justo y en el ropero, donde se vendía ropa de segunda mano a precios asequibles. Los proyectos se localizaban en barrios muy humildes, especialmente Soacha, habitados en su mayoría por desplazados por el conflicto armado que ha azotado el país durante décadas y por migrantes venezolanos llegados más recientemente.

Si tuviera que elegir una de las experiencias vividas, esta sería haber participado en el proyecto de apoyo escolar que iniciamos en Santa Viviana, donde niños y niñas de diferentes edades, a que los ayudábamos con las tareas, venían cada tarde. Era un alumnado con contextos difíciles, tanto en lo personal como, especialmente, en lo académico. La mayoría no quería ir al colegio, pues se veían incapaces de seguir el ritmo de las clases, lo que les creaba gran frustración. Nosotras intentábamos, sobre todo, hacerles sentir esa confianza que no percibían en el aula. Aún me emociona recordar aquella tarde en la que, tras una hora intentando terminar un dictado de cinco líneas, uno de los niños me dijo; “Profe, esta escuela si me gusta, aquí sí me tratan lindo”.

Aunque suene tópico, la experiencia de voluntariado te marca de manera especial. Todavía necesito asimilar todos los aprendizajes, tanto a nivel profesional como, sobre todo, a nivel personal. Aquellos días en Bogotá me hicieron salir de la zona de confort en la que vivimos, escuchar testimonios que erizan la piel, poner rostro y nombre a realidades muy duras, entender por qué miles de personas dejan lo poco que tienen atrás para buscar un futuro mejor, sin siempre conseguirlo. Colombia ha sido un país duramente atravesado por la violencia, los desplazamientos forzosos, la guerrilla, los paramilitares, la desigualdad… Esto ha marcado los recuerdos y el carácter de muchos colombianos y colombianas. Pero, como pude comprobar, estos no han perdido su hospitalidad, su alegría de vivir y festejar al son de la música, sus ansias de paz y seguridad, sus esperanzas en una vida mejor.

Por tanto, solo puedo dar GRACIAS. Gracias a las trabajadoras de las dos sedes por la enorme labor que llevan a cabo día tras día. Gracias al equipo de FundEO por darnos la oportunidad de vivir esta experiencia. Gracias a Teresa, mi compañera, por embarcarte conmigo en esta aventura. Y sobre todo, gracias a las hermanas Amparo, Martha y Daira por habernos cuidado con tanta paciencia y cariño, siempre con una sonrisa, siempre dispuestas a compartir experiencias y momentos. Me llevo un trocito de Colombia en mi corazón. ¡Colombia tierra querida!

Lourdes Fernández Elvira

Teresa Fernández Gaspar

Profesora Colegio Teresiano de San Sebastián.

Voluntaria en Colombia – Verano de 2022

Mi experiencia como voluntaria en Santa Viviana, Ciudad Bolívar (Bogotá, Colombia)

Me permito la demora y escribo dos semanas después de mi llegada a casa, aquí en Bilbao. Es un ejercicio que he hecho a conciencia, pues me gusta dejar reposar mis sensaciones e ideas para poder tamizarlas y rescatar las que me son más valiosas. Lo primero que se me viene a la cabeza es, que siempre que salgo de aquí por una larga temporada me es inevitable pensar en lo curioso que es el tener que meter toda una vida en una mochila y partir con ella. Y hablo desde una posición cómoda, ya que jamás me he visto obligada a hacerlo por motivos económicos ni por ningún conflicto político o de otra índole; a sabiendas, además, de que puedo volver a ella siempre que quiera. Es más, cada vez que me he ido de ella ha sido porque he querido; y esta vez no ha sido distinta.

Hacía años ya que me llevaba rondando por la cabeza la idea de realizar un voluntariado internacional. Siempre había estado en movimiento por los barrios en los que he vivido, dedicando horas de mi día a actividades al servicio de la comunidad, y me preguntaba cómo sería dar un pasito más allá y salir de mi zona de confort para poder seguir desarrollando tal labor. No fue hasta que estuve trabajando un par de años en el colegio Santa Teresa de Donostia (San Sebastián) que lo vi claro. Fue allí donde conocí la Fundación Enrique de Ossó y, tras hablar con una compañera con la que compartía varias inquietudes y conocer los proyectos en los que tomaba parte la fundación, me animé a presentarme al voluntariado junto a ella. Decisión acertada. Tras un par de formaciones en Madrid, nos dijeron que íbamos a ser enviadas a Bogotá (Colombia). Yo me prometí no crearme ninguna expectativa, ni buena ni mala, y lo cumplí en la medida en la que pude. Un mes después de aquella noticia, ya estábamos camino a nuestro destino. Nosotras aprovechamos la ocasión y, antes de pisar Colombia, hicimos una paradita de 8 días en Perú. Transcurridos aquellos días, llegó el momento.

Las vistas desde la ventanilla del avión me parecieron ya espectaculares: extensos campos verdes, miles de invernaderos y pastos. Cuando arribamos al aeropuerto, ahí estaba la hermana Luz Amparo esperándonos, mujer a la que he cogido un cariño incontable. Los primeros tres días estuvimos por el norte de Bogotá, conociendo a las hermanas de la comunidad, el centro de la ciudad y el proyecto que se llevaba a cabo en el barrio de Santa Cecilia. Después nos fuimos para Santa Viviana.

Santa Viviana es el barrio en el que estuvimos alojadas en el sur de Bogotá, en Ciudad Bolívar. Es un barrio situado sobre una colina; por eso está lleno de cuestas y cuestas y más cuestas. Las calles están sin asfaltar y mires por donde mires, está lleno de basura, pues no hay contenedores y la gente saca los desechos directamente al suelo de las vías. Eso sí, las vistas a la capital son impresionantes. Nuestra casa estaba casi en la punta del cerro. Era azul y en ella convivimos cinco personas: Lourdes, las hermanas Martha Lucía, Daira Carolina y Luz Amparo (la que nos recogió en el aeropuerto). La verdad es que entre todas hicimos de la casa hogar.

En el barrio de Santa Viviana vive muchísima gente y hay muchísimos/as perros/as y casas. La gente es de lo más humilde y el rango de edad es muy variado. Es llamativo (a la par que no) que las personas tienen hijos/as a una edad muy temprana. Además, los roles de género están muy divididos y marcados: las calles son de los hombres; las casas, de las mujeres. Los/las perros/as que he mencionado anteriormente viven en las calles y se alimentan de los restos de basura que hay tirados por el suelo o de las sobras que les dan algunas personas. Por cada una de las calles hay un puñado de ellos/as, y se pasean y mueven a sus anchas por la que les corresponde (siempre veo a los/las mismos/as en la misma calle, a pesar de que de vez en cuando vengan visitantes). Por lo que a las casas concierne, están unas pegadas a otras, no superan los dos pisos de altura y cada una es de un color diferente; aunque muchas de ellas están sin pintar y se ven los ladrillos con el cemento. La mayoría de los tejados de estas casas están construidos con láminas de policarbonato que no aíslan del frío y apenas protegen de la lluvia; muchos otros estas constituidos por un simple plástico apoyado sobre cuatro palos y pisado por unas piedras para que no se vuele. Entre casa y casa están camuflados los comercios. Siempre están abiertos y, la gran mayoría, son de comida. Un detalle que llamó mi atención es que en Santa Viviana nunca falta la música, sea la hora que sea algún/a vecino/a la tiene siempre a tope. Los géneros que más suenan son el Reggaeton, el vallenato y la cumbia. Y es gracioso porque al vecino de en frente le gustaba más un género que no sabría decir cuál es pero que me recordaba a unos vídeos de cuando yo era una bebé y estaba en Calahorra (La Rioja, España) de vacaciones con mi padre y mi madre, visitando a familiares. A decir verdad, el hecho de que siempre hubiese alguna melodía resonando de fondo le daba su aquel a ese lugar.

En Santa Viviana la vida empieza antes de que salga el sol, pero no sé cuándo acaba porque tenía que estar en la casa no más tarde de las cinco y media – seis, por precaución (decían). Durante el día estábamos o bien en el Centro Comunitario Jesús Maestro o en Oasis (Soacha). Teníamos dos quehaceres principales: por un lado, apoyar a las profesoras de cada centro a desarrollar las actividades del día a día; por otro, impartir clases de refuerzo a los/las niños/as del barrio. Los miércoles también ayudábamos a descargar el camión que llegaba del banco de alimentos y a colocar todo en la tienda y venderlo. Y los sábados nos acercábamos por el ropero solidario para limpiar y colocar los kilos y kilos de ropa que había, además de colaborar en su venta. En los centros la rutina empezaba a las 8 de la mañana y acababa a las 16:00. Aparte de trabajar diferentes contenidos con los/las niños/as, se les proporcionaba el desayuno, el almuerzo y la merienda. Tras varios días compartiendo tiempo con todas las personas de aquellos lugares, cada vez que me iba a la cama, no podía evitar la sensación de agradecimiento por poder estar allí. Y me daba cuenta de que, en aquellos espacios, no sólo se alimentaba la barriga de aquellas criaturas; sino que su alma también. Y que tenían cubiertos los cinco sentidos por completo: el gusto y el olfato, con la comidita rica que les preparaban Luz, Arisa y Elicenia; el tacto, con los abrazos de las profesoras Daily, Mandy, Maryorette y Diana; la vista, con los colores y adornos que había por los dos centros y las sonrisas de sus maestras; y el oído, con las buenas palabras de cada persona que trabajaba allí.

Durante toda mi estancia no he parado de pensar lo afortunada que he sido de poder vivir tal experiencia. Tampoco he parado de admirar la gran labor que hacen allá las hermanas. Todo esto te ayuda a ser consciente de algo que se nos olvida con facilidad: que con muy poquito se hace mucho.

 Teresa Fernández Gaspar

Si realmente tomas esta opción de solidaridad teresiana, la que nace de dentro, apúntate a nuestro voluntariado.